Un maratón es una aventura, un viaje de descubrimiento personal. La idea de correr un maratón me rondaba la cabeza desde que animé a los corredores de los maratones de Boston y Nueva York en 2017 y compartí algunas tiradas largas con amigos maratonianos. Como en un cuaderno de viaje, te cuento mis impresiones de esta semana tan especial y del Maratón de Lausana (2h28), donde lo viví todo.
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Lunes 22 de octubre
Es la última semana antes del maratón. No estoy en mi mejor momento: arrastro un buen resfriado desde mediados de la semana pasada. El fin de semana de entrenamiento fue caótico. Todos los kilómetros acumulados durante la preparación y los últimos ajustes antes del lanzamiento de la app RunMotion Coach me han dejado cansado.
Tengo en cuenta estas señales y descanso. Como si el cuerpo me pidiera bajar el ritmo esta semana para llegar el domingo totalmente fresco. El domingo, la sesión de relajación en las termas de Aix-les-Bains me sentó de maravilla. Hoy y mañana, descanso.
Martes 23 de octubre
Leo el artículo de athle.ch que anuncia el Maratón de Lausana. Me presentan como uno de los favoritos, a pesar de ser mi debut en la distancia. Me hace gracia verme como favorito frente a un corredor que ha ganado más de cinco maratones este año.
Elegí Lausana porque es una ciudad que me inspira. Capital olímpica, la ciudad donde admiré a los campeones en el mitin Athletissima de la Diamond League y conocí a David Rudisha, campeón olímpico de 800 m. También fue en este recorrido donde batí mi récord en 10 km en 2014 (29:31), ganando la carrera para sorpresa de todos, ¡incluida la mía! Esta vez hay «solo» 32 kilómetros más por descubrir.
Todo el mundo me dice que el recorrido no es rápido, como para convencerme de elegir un circuito totalmente llano para este primer intento. Fráncfort, ese mismo fin de semana, podría haber sido el recorrido ideal, pero ya iré a maratones ultrarrápidos cuando pueda hacer una preparación más completa.
Miércoles 24 de octubre
Empiezo a leer un libro de citas de una quincena de maratonianos, famosos y anónimos, y me empapo de este ambiente tan especial. Emil Zátopek decía: «Si quieres correr, corre una milla. Si quieres experimentar otra vida, corre un maratón». ¿Cómo puede un maratón ser más duro que un 800 m o un 1500 m, donde, lleno de lactato, no es raro vomitar al cruzar la meta?
La sesión de recordatorio de ritmo de una hora, con 3 km a 3:25/km, el ritmo previsto para el domingo, me tranquiliza. Las piernas y la soltura en los hombros han vuelto.
Jueves 25 de octubre
La emoción aumenta. Me encanta volver a sentir esos nervios que vivía en las competiciones importantes, como los campeonatos de Francia o mis primeras carreras con la camiseta nacional. En los últimos meses llego a la mayoría de las carreras sin esa emoción, y la echo de menos. La aventura del maratón es ante todo una carrera contra uno mismo. Un reto apasionante.
Rodaje suave de 50 minutos con Romain.
Viernes 26 de octubre
Me preparo mentalmente para la batalla con una sesión de sofrología, más aún porque se anuncian lluvia, viento y frío para el domingo. Mejor: ya puestos a correr un maratón, que sea épico de verdad…
Hoy descanso, como hago dos días antes de cada carrera desde hace muchos años. Equipo que gana no se toca.
Sábado 27 de octubre
Víspera de la carrera: unos veinte minutos de rodaje y 4 rectas de 15 segundos. Las sensaciones son excelentes.
En las últimas 4 semanas he corrido entre 50 y 70 kilómetros semanales, muy por debajo de los 105 kilómetros de media de septiembre. Mi cuerpo me ha frenado, pero llego fresco. Sé que estaré mejor preparado en mis próximos maratones. Aun así, la tirada larga de 31 km con 27 km a 3:27/km a finales de septiembre me tranquiliza, y saldré a ritmo de 2h25 (3:26/km).
Este primer maratón será un descubrimiento. Solo he podido hacer 5 semanas de entrenamiento convincentes, así que quiero disfrutar de esta nueva aventura.

Domingo 28 de octubre: ¡primer maratón, el gran día!
Ha nevado en los Alpes y fuera hace un frío que pela. Las condiciones son las mismas para todos, así que mejor verlas como una aliada. La lluvia tiene el detalle de parar justo para el calentamiento: una decena de minutos y algunas rectas para ajustarme.
¡Salida! Como siempre, un corredor sale a tope para salir en las fotos y lo dejamos ir. Corro hombro con hombro con Romain los primeros cientos de metros. Todos se miran, miro el reloj: salida muy tranquila a 3:40/km. Alcanzamos al escapado en la bajada del segundo kilómetro y aprovecho para acelerar un poco y ponerme a ritmo de carrera. Voy solo en cabeza con el etíope Masha Feleke hasta el km 5, donde nos alcanzan el marroquí Alaa Hrioued, el etíope Tura Kumbi y el keniano Schumbi.
Intento esquivar los charcos, pero ya noto los calcetines mojados. Más tarde me provocarán dos ampollas enormes. Nos llevamos algunas rachas de viento fuertes y cada uno se protege como puede. Me siento bien, así que marco buena parte del ritmo. Así puedo soltar la zancada, y a estas velocidades no se pierde energía tirando.
Pasamos el kilómetro 10 en 34 minutos largos, y lo serio está a punto de empezar. Las vistas del lago son espléndidas en algunos tramos y las montañas nevadas a lo lejos, grandiosas. Los colores otoñales de los viñedos de Lavaux, terrazas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, transmiten calma.
En una de las subidas, el etíope Feleke, con una camiseta amarilla que encaja perfectamente con los colores del otoño, lanza un ataque violento. Kumbi intenta seguirlo poco después, y el experimentado Hrioued, ganador de más de cinco maratones este año, nos lleva poco a poco a Schumbi y a mí de vuelta hasta Feleke, que llegó a tener hasta veinte segundos de ventaja.
Me doy cuenta de que, como en una etapa del Tour de Francia, somos una escapada de cinco corredores y cada uno mide a sus rivales y juega a despistar. ¡Solo falta una moto dando las diferencias para creerse en una carrera ciclista! Me parece increíble: en el running, solo el maratón o el trail pueden ofrecer algo así.
Los kilómetros pasan volando y veo la primera señal: km 17. Creo que no había otras antes. En realidad, no me di cuenta. Empiezo a tener calor y le doy los guantes y la cinta a un motorista que comenta la carrera. Luego me alimento con un puré energético que llevo conmigo, y tomo algunos sorbos con regularidad hasta el km 30.
En cabeza del Maratón de Lausana
Me siento bien y, en un falso llano descendente, acelero poco a poco al llegar a Vevey. Feleke me sigue: él con 1,65 m y una zancada rápida, yo con 1,88 m y zancadas largas, dos morfologías opuestas pero igual de eficaces. Pasamos el medio maratón con 20 segundos de ventaja, en 1:11:58. Me siento bien, aunque sé que he subido el ritmo. Damos la vuelta para afrontar el regreso. Me alegra ver a Romain y nos saludamos con la mano.
Los corredores con los que nos cruzamos en el regreso nos animan. Me gustaría animarles también, pero seguimos concentrados en nuestra carrera. Veo una multitud de corredores alrededor de las liebres, que marcan el ritmo para 3h, 3h30 o 4h.
Hacia el kilómetro 25, Hrioued, Kumbi y Schumbi nos alcanzan y las piernas empiezan a notar las subidas y bajadas. Aun así sigo tirando, siento que los kilómetros pasan más rápido. Llegamos al km 30 y las sensaciones siguen siendo buenísimas. Intento relajarme al máximo, sobre todo los hombros. Tomo un gel en el km 32, como había previsto en mi estrategia de nutrición.
En el km 34, Hrioued ataca y Kumbi lo sigue. Feleke intenta engancharse y yo intento hacer lo mismo. Noto que las piernas ya no responden igual, los isquiotibiales se tensan un poco más en cada zancada. Intento coger un vaso dos veces en el avituallamiento, pero me falta lucidez. Ese ataque me hace muchísimo daño.
El muro del maratón
En el km 35, el ritmo cae de golpe: ¡me como el muro del maratón de lleno! Mis músculos necesitan energía, pero mi cuerpo ya no puede dársela. Siento los isquiotibiales a punto de acalambrarse en cualquier momento. No me arriesgo e intento terminar como puedo, porque quiero llegar a meta sin tener que caminar por los calambres. Me recuerda a la Ancilevienne, una prueba de run & bike de 46 km en la que los calambres me tumbaron en los últimos 5 kilómetros. Intento relajarme al máximo y tener la zancada más ligera posible.
¡Los kilómetros se hacen eternos! Espero cada cartel con muchísima impaciencia. Solo la meta podrá liberarme de este calvario. Llego al km 39 y, aunque lo más duro ya está hecho (¿qué son 3 kilómetros?), siento que los isquios pueden fallarme en cualquier momento. En la pista a veces es duro y aguantas como puedes, pero nunca había vivido momentos así corriendo. Es lo que había venido a buscar.
Empiezo a preguntarme si bajaré de 2h30, el objetivo mínimo que me había marcado. Hago muecas, aprieto los dientes, debo de dar pena al correr. Kilómetro 40, que se acabe ya. La emoción aparece después de estos momentos duros: sé que estoy al final de la aventura del maratón y que en 2 kilómetros seré maratoniano.
Los 2 últimos kilómetros son más bien en bajada, ¡una liberación! Intento aliviar los isquios todo lo posible, lo que me da una forma de correr muy peculiar. La última recta, de medio kilómetro, pasa rápido y veo la alfombra roja a lo lejos. Me giro y veo que voy a conservar el cuarto puesto. Levanto el puño al cruzar la meta: ¡he vivido una aventura extraordinaria, mil veces más de lo que habría imaginado! Casi me sorprende cruzar la línea en 2h28, con lo poco que avanzaba en los últimos kilómetros.
Abrazo a Romain cuando llega algo menos de 10 minutos después, encantado también con su aventura maratoniana. Quizá corriendo de otra forma podría haber subido al podio, pero no era eso lo que había venido a buscar. Venía a vivir una aventura increíble y a aprender más sobre mí mismo. Y lo conseguí.
Corrí con valentía; habrá otros maratones para bajar la marca. Ya solo tengo una idea en la cabeza: «¿Cuál será mi próximo maratón?»


Créditos de las fotos: 1.ª: Athle.ch | 2.ª y 3.ª: Michel Adam


